Una noche que puso a Puebla a brincar
El 14 de agosto, Sala Sonar recibió una fecha que reunió a No Somos Marineros, El Shirota y Disecada.h en una noche donde el retraso inicial terminó importando poco. Había demasiadas ganas de que comenzara el ruido y, una vez que las guitarras empezaron a sonar, el foro pocas veces se había sentido tan vivo.
El público, mayoritariamente joven, llegó con expectativas altas y terminó entregándose por completo a tres proyectos que ofrecieron aproximaciones muy distintas a la música alternativa. Lo que comenzó como una fecha más dentro del circuito terminó sintiéndose como uno de esos conciertos que dejan la sensación de que algo está pasando nuevamente en Puebla.
Disecada.h abre la noche con guitarras estruendosas
La responsabilidad de abrir el concierto cayó sobre Disecada.h, y hay que decirlo: cumplieron con creces. Aunque personalmente no me considero un seguidor cercano de la banda, su presentación dejó claro por qué fueron una buena elección para arrancar la noche.

Guitarras estruendosas, mucha energía y una presentación corta pero precisa fueron suficientes para poner al público a punto de turrón. El audio tuvo algunos detalles, principalmente con ciertos volúmenes desbalanceados y una sensación un tanto vacía en algunos momentos, pero el grupo supo sobreponerse y entregar un acto que funcionó como perfecto detonador de lo que venía.
Al terminar, buena parte de la gente salió a tomar aire. Y tenía sentido: lo siguiente era El Shirota.
El Shirota convierte Sala Sonar en una pista de sudor y fuzz
Si algo tiene El Shirota es esa capacidad de transformar un concierto en algo mucho más físico. No necesitas ser un seguidor acérrimo de la banda para entenderlo cuando la ves en vivo: hay una energía que se contagia rápidamente y que termina haciendo brincar hasta a quien llegó simplemente a escuchar.


Las guitarras cargadas de fuzz y distorsión, junto con ritmos hipnóticos, hicieron que Sala Sonar se convirtiera en una masa de sudor, gritos y movimiento. Su presentación tuvo un buen espacio de tiempo, pero pasó como un suspiro. Cuando terminó, quedaba claro que el público ya estaba completamente preparado para el acto principal.
No Somos Marineros cierra con canciones que se sienten
Entonces llegó No Somos Marineros y, desde los primeros acordes, la atmósfera cambió. Donde El Shirota había dejado una descarga física, el proyecto consiguió envolver al público con una sonoridad mucho más cálida y emocional.

Sus instrumentos construyeron una especie de refugio dentro del ruido. Las letras, acompañadas por todas las voces, parecían llegar a lugares mucho más personales. Hubo gritos a todo pulmón, gente volando sobre el público, empujones, abrazos y hasta lágrimas. De esos momentos en los que una canción parece decir algo que uno no sabía que necesitaba escuchar.


Y quizá ahí estuvo lo más interesante de la noche. Puebla suele cargar con la fama de tener un público más reservado, pero esa noche la gente se comportó como si estuviera en uno de esos conciertos de la CDMX donde perder la cabeza es prácticamente parte del boleto.
¿Está despertando otra vez la escena de Puebla?
Más allá de las tres bandas, lo que dejó esta fecha fue una sensación difícil de ignorar: hay público y hay ganas de vivir la música en Puebla.
La respuesta de la gente durante toda la noche hizo que el concierto se sintiera como algo más que una fecha del circuito independiente. Fue un encuentro entre amigos, bandas y un público dispuesto a entregarse sin demasiadas reservas.
Quizá sea pronto para hablar de un renacimiento de la escena, pero noches como esta ayudan a imaginarlo. Si el resultado de volver a juntar proyectos así es un foro lleno de gente gritando, sudando, abrazándose y hasta llorando por las canciones, definitivamente queremos repetirlo. Esta vez y varias más.
