Cuando Mon Laferte anunció Femme Fatale Vol. 2, la pregunta más evidente era por qué publicar algo como una secuela. Después de todo, Femme Fatale (2025) ya parecía haber dicho lo que tenía que decir, pues era una exploración oscura, teatral y poética de la feminidad, el deseo y la vulnerabilidad. Sin embargo, basta escuchar este segundo volumen para entender que estamos frente a la otra mitad de un proceso creativo demasiado grande para caber en un solo lanzamiento.
La propia Mon ha explicado que durante la construcción de Femme Fatale reunió entre cincuenta y sesenta canciones provenientes de notas, poemas, grabaciones de voz y melodías acumuladas durante casi una década. Mientras el primer volumen parecía más preocupado por construir una atmósfera específica, este segundo disco se permite vagar con mayor libertad entre el blues, el folk, el punk y el rock alternativo, sin perder nunca esa sensación de intimidad incómoda y de un dramatismo muy personal que se ha vuelto una de las marcas más reconocibles de la artista.

Lo primero que llama la atención es que Femme Fatale Vol. 2 suena menos sofisticado (probablemente hay menos pretenciones de hacer algo que suene jazzero o bluesero) y más cercano. Si el primer volumen se acercaba ocasionalmente al jazz y a cierta elegancia cinematográfica, aquí Mon muestra un interés en el formato canción («A Pesar De Tí y De Mí» y «Hello Monserrat» son buenos ejemplos de ello). Incluso cuando aparecen colaboraciones tan llamativas como St. Vincent, Javiera Electra o GRTSCH, la sensación general es la de estar hojeando un diario personal musicalizado.
La apertura con “For Your Consideration” deja claras las intenciones (aunque personalmente, para el escritor de esta reseña, no sea precisamente lo mejor que haya hecho Mon en este disco). Entre ironías sobre la industria musical, agotamiento laboral y contradicciones personales, Mon vuelve a demostrar una de sus mayores virtudes como compositora: la capacidad de escribir sobre asuntos profundamente personales sin convertirlos en declaraciones grandilocuentes.

Musicalmente, el álbum es probablemente uno de los trabajos más eclécticos de su catálogo reciente. Hay folk, blues, rock alternativo y momentos que rozan el punk sin comprometerse del todo con él (Podría recordar un poco a la sensación ecléctica del Muzai Moratorium de Sheena Ringo, aunque entendiendo las distancias, por supuesto). A ratos esa diversidad funciona como una fortaleza; en otros momentos da la impresión de que estamos escuchando una colección de fotografías tomadas en épocas distintas de la vida de Mon. Cuando escuchaba el disco, también hojeaba un poco el fotolibro «チロ愛死» de Noboyushi Araki y no era difícil entender que la yuxtaposición de memorias y de abordajes estéticos precisos para esas memorias en Femme Fatale Vol.2 intentaban emular ese primer contacto licitador que tiene vivir las memorias de alguien más sin decirte explícitamente que significan para él/ella.
Lo que quiero comunicar es que Femme Fatale Vol. 2 se siente como un archivo emocional. Un lugar donde conviven escritos de distintas edades, preocupaciones y versiones de la misma persona. Eso explica por qué canciones como “Gigante”, escrita tras una cirugía de tiroides cuando la posibilidad de perder la voz parecía un riesgo palpable, poseen una carga emocional distinta al resto del material. No son canciones nuevas intentando sonar antiguas, que podría ser el error de muchos al emular ese «retro»; sino que son canciones antiguas encontrando finalmente su momento para existir.
¿Es mejor que Femme Fatale? La respuesta queda para quien escuche ambos. La impresión es que Vol.2 tampoco parece interesado en competir con él. Funciona más bien como una extensión de ese universo, esa habitación o piso extra que construyen nuestros padres (sin los permisos adecuados) en una casa que ya conocíamos desde pequeños.
Y si algo deja claro este disco es que Mon Laferte sigue siendo una artista fascinante precisamente porque nunca ha dejado de escribir y de explorar. Parecen lejanos esos años en los que Mon no pasaba de ser una «gritona» para la opinión pública. Para beneficio de todos, tenemos el privilegio de escuchar a una artista que sigue buscando cómo decir cosas que le son personalmente importantes, independientemente de si son cercanamente incómodas o de si son dramáticamente exclamadas.