La lluvia no perdona ni a la nostalgia. Llegar al venue fue como un viaje en el tiempo: gotas golpeando el pavimento, filas de paraguas y chamarras empapadas, pero con una emoción colectiva que no se apagaba ni con el clima. Era noche de celebración, y no de cualquier tipo: Thermo festejaba los 20 años de su álbum Arde en Mí, un disco que marcó a toda una generación del emo y post-hardcore mexicano.
Mientras la gente esperaba bajo el aguacero, otros simplemente se reían del caos. Se sentía esa vibra rara de reencuentro, como cuando vuelves a ver a tus amigos de la prepa después de una década. Y es que, literalmente, había muchos chavorrucos que seguramente salieron directo de la oficina, camisa aún fajada, mochila al hombro y ojos brillando con la misma emoción adolescente de hace veinte años.


Cuando por fin abrieron las puertas, el público se dispersó rápido, buscando su lugar como quien corre a casa después de mucho tiempo. En el aire flotaba una mezcla de cerveza y expectativa. Y ahí comenzó todo.
Ray Coyote: el rugido antes del fuego
Los primeros en salir fueron Ray Coyote, y no tardaron en sacudir el lugar. Su arranque fue un golpe directo: riffs rápidos, gritos y una energía cruda que recordaba a bandas como Touché Amoré o La Dispute. El público los recibió con curiosidad y respeto, algunos ya coreaban las letras. A la mitad de su set, el sonido tomó otro rumbo: se volvió más rock nacional, con letras más melódicas y hasta un momento cantado en dialecto. Fue un contraste interesante, casi simbólico, como si el show abriera con una declaración: la escena ha cambiado, pero la esencia sigue ahí.




Thermo: fuego que no se apaga
Después de una breve pausa, las luces bajaron y los primeros acordes de “Una batalla más” retumbaron por todo el recinto. El rugido del público fue instantáneo. Nadie se contuvo. Los celulares se alzaron, las voces se unieron y, de pronto, los años parecían no haber pasado.
Entre la euforia apareció José Meyer Ibarra, vocalista de Thermo, ondeando una bandera de Palestina 🇵🇸. El gesto fue breve pero poderoso, un recordatorio de que la música también puede ser posicionamiento, empatía y memoria.

A partir de ahí, fue un viaje directo al corazón del emo mexicano. Canción tras canción, Thermo soltó todos los clásicos de Arde en Mí: himnos que marcaron noches en casa, tardes de MySpace y playlists grabadas en MP3. Cada verso era coreado a todo pulmón, y aunque pocos se atrevían a saltar (quizás por las rodillas o los años), la energía era total.
El set tuvo un momento íntimo cuando la banda decidió hacer una versión acústica a mitad del show. Solo quedaron en el escenario el vocalista, el baterista y uno de los guitarristas, mientras el resto tomaba un merecido descanso. Fue un respiro cálido, casi familiar, como si el público también necesitara inhalar y dejar que la nostalgia hiciera su parte.



La segunda mitad del concierto subió de intensidad. Entre luces intermitentes y gritos, Thermo recibió invitados especiales: Mike Madrigal y un integrante de Tungas subieron al escenario para compartir micrófono. El público lo celebró con aplausos y celulares en alto, sabiendo que presenciaban algo que no se repetiría pronto.

Un cierre cargado de historia
El show no fue solo un concierto: fue una cápsula del tiempo. Cada riff, cada verso, parecía conectar a los presentes con quienes fueron hace dos décadas. Entre el sudor y la humedad, se sentía un tipo de comunión que solo se logra cuando la música te ha acompañado en las buenas y las malas.
Thermo no necesitó grandes pantallas ni producción excesiva. Su mayor recurso fue la emoción colectiva de cientos de personas cantando los temas que definieron una época. Y aunque el cuerpo ya no aguanta igual y los saltos se transforman en cabeceos discretos, el espíritu sigue ahí: intacto, vibrante, encendido.
Cuando las luces se apagaron y el eco de las guitarras se fue diluyendo, quedó esa sensación dulce y punzante de haber visto algo más que un concierto: una celebración del paso del tiempo, de la memoria compartida y de lo que significa seguir aquí, dos décadas después, arde en mí.
