RESEÑA | Daelenda – el eventual surgimiento de algo (2025)

Escrita por: @owls_anwts

Si intentáramos registrar qué comparten muchas de las obras que con el tiempo han sido consideradas clásicas, encontraríamos temas muy distintos entre sí. Sin embargo, hay uno que aparece con insistencia: la experiencia emocional frente a una crisis.

En la música, esa experiencia ha sido abordada desde múltiples ángulos. A veces como alegoría política o social, como ocurre en The Wall (1979) de Pink Floyd; otras, como una exploración directa de la degradación subjetiva, del consumo y del desgaste psicológico, como en The Downward Spiral (1994) de Nine Inch Nails. En ambos casos, la crisis no es solo un tema, sino un principio organizador del sonido, de la narrativa y de la forma del disco. Y si en la música abundan estos ejemplos, en otras artes la lista sería todavía más extensa.

Pero casi todos esos referentes pertenecen al siglo pasado. La pregunta, entonces, no es si la crisis puede seguir siendo materia de un disco, sino cómo se puede narrar en pleno siglo XXI sin repetir fórmulas heredadas. ¿Qué ocurre cuando una banda decide hablar no de una crisis abstracta, sino de la experiencia individual, y paradójicamente diversa, de alguien que está “roto” mientras intenta contenerrse a sí mismo? Esa pregunta encuentra una respuesta concreta en “el eventual surgimiento de algo” (2025), el álbum debut de Daelenda.

Daelenda aparece en 2024 con una intención explícita: construir un discurso musical centrado en la salud mental, la inclusión y la visibilidad de la experiencia neurodivergente. Bam Bautista (voz y guitarra), Juan Gutiérrez (guitarra), Alexis Agiss (batería) y Hans Gundermann (bajo) no plantean esta intención como un eslogan, sino como un problema musical: cómo traducir la vulnerabilidad en forma, en timbre, en ritmo y en la estructura.

Daelenda foto banda grupo artista Punkcast
Foto: Kevin Manriquez

Por eso, hablar del sonido de Daelenda en términos de géneros resulta útil solo como una referencia superficial, como si usaramos muletas solo para aprender a caminar en su lenguaje sonoro. Se pueden rastrear elementos de math rock, post rock, post hardcore, blackgaze, screamo, shoegaze, ambient, hardcore punk, thall o jazz, pero el proyecto no se deja encerrar en ninguna de esas categorías. Más que combinar estilos, Daelenda reorganiza sus recursos, ya que toma procedimientos de distintos lenguajes y los articula en una lógica propia. En lugar de preguntarnos “a qué suena”, quizá sea más pertinente preguntarnos “cómo funciona”.

El eventual surgimiento de algo dura 29 minutos y 9 segundos y consta de 8 canciones, las cuales en realidad requieren ser escuchadas de inicio a fin como un todo, como un episodio condensado de crisis emocional vivido en tiempo real. El disco avanza mediante tensiones acumuladas, rupturas parciales y desplazamientos casi imperceptibles del material sonoro. La mezcla juega un papel central en esta lógica: lejos de una estética pulida, el álbum apuesta por un enfoque crudo, con bordes ásperos, dinámicas poco domesticadas y una sensación de proximidad que no da a entender una suerte de capas en la música, sino, y espero que sirva la metáfora, como si viéramos apilados los bloques de escombro durante la demolición de un edificio. Esa crudeza no en tono de descuido, sino parte narrativa del discurso: la música se presenta como proceso y consecuencia de la fricción.

Track by track: Daelenda – el eventual surgimiento de algo

En lo que sigue, intentaré hacer sentido de lo que el eventual surgimiento de algo propone narrativamente, tanto desde una lectura conceptual abstracta, como desde sus decisiones musicales concretas: cómo se organiza la tensión, qué papel cumple cada timbre, cómo la voz negocia su lugar dentro de la textura y de qué manera la producción y la mezcla convierten la crisis en una experiencia audible que suma a este disco como propuesta artística:

Mardinez

El álbum abre con la descripción de una crisis en acto. No es un arrebato aislado: la letra entrega información contextual que sitúa la ruptura en una historia de intentos previos de regulación:

“Me inunda el calor, llévame a la superficie”
“quiero que tus brazos digan lo impronunciable”

y deja claro que el protagonista ha buscado a otros para sostenerse. Esa narración social del malestar, la cual, en 1974 B.F. Skinner también describiría en parte como:

“El auto-conocimiento es de origen social. Sólo cuando el mundo privado de una persona se torna importante para otras personas, se hace importante para ella. […] pero el autoconocimiento tiene un valor especial para el individuo. La persona que se ha hecho <<consciente de sí misma>> por las preguntas que le han formulado está en mejor situación para predecir y controlar su propio comportamiento”

 La «conciencia de sí» que señalaba Skinner no es retórica: se vuelve el núcleo de muchas experiencias de crisis. Musicalmente, Mardinez funciona como declaración de métodos del disco: concentra cerca del 80% de los recursos tímbricos y formales que Daelenda explotará después. Hay secciones instrumentales tensas que cortan y vuelven a abrir, alternando con pasajes de contemplación que operan como mantras musicales. La repetición aquí es completamente intencional: los motivos que se reiteran con microvariaciones mantienen una identidad reconocible (leitmotiv) a la vez que introducen pequeñas diferencias, como cambios de dinámica, filtros, etc; que hacen avanzar la narración sin recurrir a clímax tradicionales. La mezcla cruda expone bordes y pequeñas fricciones, pues deja entrever que la voz roza, la guitarra raspa, y esos bordes son parte del argumento que presenta la banda como introducción.

Felipe Azabache

El leitmotiv de “Puedo verlo” se presenta en esta pieza como imagen persistente y amenazante. Las letras muestran una lucha ambivalente: ver y no querer ver, reconocer y repudiar. Eso se traduce en la escritura instrumental: el núcleo rítmico son disonancias y rasgueos intermitentes que simulan la presentación espaciada e imprevisible de aquello que angustia. La guitarra aquí actúa como estímulo que aparece y desaparece, generando previsibilidad rota; la intermitencia musical reproduce la intrusión cognitiva, y su propia permanencia, incluso en la clara ausencia.

En términos formales, Felipe Azabache es pura intensidad sostenida. Es un track que se acerca al math/metal de escuela más cruda pero sin breaks de alivio y distensión. Si hay algún parentesco estilístico con Dillinger Escape Plan, es en la manera de sostener la disonancia y la asimetría rítmica; pero Daelenda lo hace más crudo y directo, y sobre todo sin resolver en un estribillo catártico. La tensión se va a materializar y se  va a mantener durante la escucha. El resultado es agobiante y preciso, aquí la tensión no quiere soltarse, y la producción lo confirma al permitir que las transientes y los armónicos ásperos queden en primer plano.

ättestupan

Narrativamente, este tema es la formulación más clara de los mantenedores del malestar: evitación y control conductual centrado en esquivar o escapar a la re-exposición al dolor. Frases como “Lo evité cada minuto / Lo sentí cada minuto” condensan la paradoja central: todo el esfuerzo está orientado a prevenir la sensación, y ese esfuerzo mismo se vuelve fuente de sufrimiento.

Musicalmente, ättestupan es donde la instrumentación encuentra quizá su mayor riqueza: la línea de bajo, una de las más memorables del disco, funciona como eje armónico y textural. No es sólo el sostén rítmico; es un elemento juguetonamente melódico y narrativo. El bajo está producido con un timbre particular, pues es posible percibir su ejecución con cuerpo medio, ataque presente, algo de saturación analógica o algun tipo de modulación que resalta armónicos normalmente enterrados en la mezcla, que le da color propio y enriquece los arreglos. Los detalles de orquestación (pequeños fills, contrapuntos de guitarra y microvariaciones) hacen de este tema uno de los más “ricos” en términos de capas y de escucha atenta. Para los autonombrados “deep-listeners” probablemente sea uno de los momentos de mayor disfrute.

el eventual surgimiento de nada

El interludio breve del disco es exactamente eso: un minuto de estatismo que actúa como índice narrativo. Titularlo así comunica la idea de indefensión aprendida sin circunloquios; musicalmente es un espacio casi vacío donde la ausencia es completamente protagonista. La mezcla cruda convierte ese minuto en algo incómodo: no se trata de un descanso estético, sino de la constatación de inercia, como cuando la crisis ha consumido tanta energía, que necesita un respiro para volver a meter el acelerador. Desde el punto de vista conductual, es la comprobación sonora de que no hay respuesta contingente que permita modificar el comportamiento: el horizonte permanece igual, y el oyente lo siente como tal.

contramarea

Aquí el disco toca la urgencia de la voluntad frente a la corriente adversa. Si Felipe Azabache era la constatación, contramarea es el intento: nadar en contra de aquello que te arrastra. El arpegio que articula la pieza y que remite, con ecos a ciertos materiales de Omar Rodríguez-López en desplazamiento narrativo (como “Desarraigo” o “Un Abismo Infinito”) funciona como motor emotivo: es lineal, insistente y a la vez cargado de significado. La letra expone la superposición del pasado y el futuro:

“Falsas memorias nublan mis ojos, falsos futuros nublan mi rostro”

y la música traduce esa superposición mediante capas contrapuestas: arpegios limpios sobre colchones granulados, golpes sincronizados y rupturas de tiempo.

El cierre de contramarea remite de nuevo al mantra: la repetición que no alivia, sino que permite medir el desgaste de intentar sin éxito. En términos formales, es una de las piezas donde la tensión melódica se vuelve explícita pero no catártica necesariamente, pues el objetivo no es un desenlace sino la constatación del esfuerzo del protagonista.

Estos primeros cinco tracks configuran el esqueleto del episodio que el álbum condensa: una apertura que establece recursos y motivos (Mardinez), la persistencia intrusiva del malestar (Felipe Azabache), la lógica de protección y evitación (ättestupan), la constatación de indefensión (el eventual surgimiento de nada) y el intento de contramarea como motor de voluntad (contramarea). Técnicamente, ese arco se sostiene en una economía de recursos: pocos motivos, pero cíclicos, rigor en la colocación tímbrica, repetición con microvariación y una mezcla deliberadamente cruda que te mete de lleno en la penumbra, pues te deja como si estuvieras jugando alguna entrega de Silent Hill. Es difícil ver más allá de tu nariz.  

Bergoglio Tuerto

El tuerto de la letra no es sólo una figura literal.

“Déjame esconderlo un poco más”

funciona como una indicación de control perdido; la voz admite ahora que ve sólo a medias y que ya no dirige el rumbo. Esa sensación se traslada literalmente al bajo: slides que recorren todo el registro crean la sensación de desplazamiento sin llegada, un bajo que no se estabiliza, sino que explora trayectos y recorridos. Esos slides, junto con el tratamiento de la guitarra y el paneo, construyen la sensación de viaje circular: intentos y remates que siempre regresan al mismo punto.

Formalmente, Bergoglio Tuerto actúa como variante del mantra: repite motivos que parecen buscar un asentamiento armónico que nunca termina de concretarse. La mezcla cruda deja las resonancias del bajo y los armónicos de las cuerdas al frente, sin pulirlos, lo que le da a la pieza una textura de cubierta salina: sucia en el borde, pero tremendamente punzante. Como si pusieras sal de mar a una herida. Narrativamente estamos todavía en la fase del intento fallido; musicalmente, la pieza convierte la impotencia en movimiento continuo, y ese ir-y-volver suena intencionalmente frotado, áspero, tangible e incisivamente hiriente.

roto

Aquí ocurre el giro tonal y narrativo más importante del álbum. “roto” es la bisagra: la letra y el fraseo abren posibilidad y a las alternativas, el estado actual de las cosas no es la única opción, y la instrumentación lo confirma. La aparición del saxofón de Adrián Terrazas-González no es un adorno caprichoso, sino que sirve para cortar la paleta tímbrica previa con un material nuevo, más luminoso y con ataque diferenciado y extremadamente dinámico (hay pocas cosas más ricas en dinámica que un saxofón bien ejecutado). Son pequeños destellos, frases cortas, concentración en el registro medio-alto, que funcionan como “puntos de refracción”, pues introducen la idea de que algo pudiera cambiar de color.

Musicalmente, roto permite finalmente que una línea melódica se quede. Los fraseos vocales aquí están pensados para quedarse en la cabeza (la banda completa se compromete con el mantra rítmico y el saxofón desarrolla una variedad melódica contenida), y la mezcla se abre lo justo para que el sax respire sin perder el carácter crudo del proyecto. El resultado es un alivio calculado, una ventana por la que puede entrar otra textura. Narrativamente, pasamos de aceptar la inercia (indefensión) a vislumbrar que algo distinto puede emerger. Esa ruptura tímbrica es el gesto más potente del disco porque traduce la letra y la simbología de que las cosas pueden ser diferentes, usando directamente el ejemplo de la experiencia del escucha.

el eventual surgimiento de algo

El cierre toma el título precisamente porque resume la operación del álbum, pues no ofrece garantías, sino que opta por ofrecer el compromiso. Musicalmente, la pieza recoge improntas previas, mantras, slides de bajo, arpegios insistentes, y las dispone ahora en una trama que sugiere el compromiso con lo que se ama y la aceptación de una dirección a pesar de la incertidumbre, más que, paradójicamente, un  fatalismo cómodo. La lírica aboga por el cuidado (“comprometerse a hacer las cosas con amor”) y la música responde con motivos memorables que permanecen tras la escucha.

En la mezcla final hay una sutileza: si el álbum apuntó a exponer bordes, aquí esos bordes se usan para dar textura, no para herir. Las capas previas que funcionaban como fricción se organizan ahora en antagonismos resueltos a un nivel micro, un hi-hat que antes insinuaba ansiedad y una intensidad descontrolada, ahora articula pulso mínimo; un pad que antes era colchón ahora empuja la armonía hacia la apertura. Es un cierre que no promete salvación sino la posibilidad, solo la esperanza de alternativas, cualquier alteración que venga será preferible al estancamiento, y la música lo enuncia con modestia eficaz.

Con esto cerramos la lectura pista a pista. Técnicamente, las últimas tres canciones hacen dos cosas que ya estaban anticipadas: 1) mantienen la economía de recursos (motivos pocos y bien colocados) y 2) usan cambios tímbricos precisos (slides de bajo, fraseos sax, micro-arreglos) para provocar las pequeñas mutaciones narrativas que sostienen la historia. 

Y ahora, el epílogo, o más bien, el remate; el eventual surgimiento de algo no es un álbum que pueda fragmentarse sin perder sentido. Su estructura, sus motivos recurrentes, la lógica de sus mantras y la progresión tímbrica que articula cada pieza están diseñadas para ser experimentadas como un continuo. Interrumpirlo, saltar canciones o aislar fragmentos equivale a romper el proceso que Daelenda se esfuerza por construir: no una colección de canciones, sino un episodio emocional con duración, ritmo interno y memoria, pero sobre todo, con una consciencia sobre su propia historia no contada.

En un contexto musical donde el consumo se organiza cada vez más en unidades aisladas, como singles, playlists o cortes virales, la decisión de componer un disco que exige ser escuchado de principio a fin es, en sí misma, una postura importantísima. Daelenda no simplifica su discurso para hacerlo digerible ni reduce su propuesta a momentos fácilmente extraíbles; por el contrario, confía en la capacidad del oyente para sostener la atención, para recorrer la tensión sin atajos y para aceptar que el sentido emerge sólo cuando el trayecto se completa. Que, valga el juego de ideas, lo importante del mensaje de este album es lo que surge eventualmente después de experimentarlo por completo.

Ese gesto implica algo más profundo que una elección formal: es una declaración de respeto. Respeto por su propio trabajo, que no se ofrece como producto fragmentable, y respeto por quien escucha, a quien no se le habla desde la condescendencia ni desde la urgencia del impacto inmediato, sino desde una convicción de que puede habitar la complejidad y la paciencia. En ese sentido, el álbum no sólo narra una crisis; también reivindica una forma de escucha que hoy resulta cada vez más rara.Escuchar el eventual surgimiento de algo de principio a fin no es una recomendación caprichosa, sino la única manera de acceder a su lógica interna. Propuestas como esta merecen ser observadas con atención, no sólo por lo que dicen, sino por cómo lo dicen: porque en una época dominada por la fragmentación, apostar por la continuidad es una forma de resistencia estética; y porque tomarse en serio el tiempo del oyente es, quizá, una de las formas más honestas de amor por la música.

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Daelenda foto banda grupo artista Punkcast
Foto: Bandcamp de la banda

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